El Gen

“Cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, absurdo, idiota, esa novela canallesca escrita por un loco”

Alfredo Zitarrosa

El inconfeso precepto reza algo así como: “nada es tan importante que merezca ser tratado de otra manera que no sea la manera de los medios y nada es tan poco importante que no adquiera relevancia cuando es tratado por los medios de comunicación”. (“Salven a Clark Kent”, Corregidor, Buenos Aires 2005)

Lo pensé hace unos cuatro años, cuando ignoraba que la genética y la democracia telefónica hubieran de tener tanta incumbencia en la comprensión de la historia de la Argentina. Tampoco imaginaba entonces que las ideas de Menguele sobre el determinismo hereditario hubiesen prosperado tan inesperadamente en el terreno de las ciencias sociales que traduce la televisión.

No consuela que tal vez sólo se trate de un juego, porque “El Gen Argentino” en tal trance, juega con lo que carece de repuesto. Tal vez pueda decirse que sólo se trata de un programa de televisión, pero únicamente si se cree que, en los tiempos de la sociedad mediática, un programa de televisión pueda ser sólo un programa de televisión.

Lo dramáticamente cierto es que “El Gen Argentino” carece de todos los rigores sobre los cuales la historia ofrece su sentido del pasado para la mirada del presente. Las técnicas historiográficas acusan ausente, la concepción historiológica es nula, y los hechos históricos padecen de naufragio continuo en los caprichosos mares del SMS.

Si se pretende experimento habrá de ser mediático y no historiográfico, porque nada se halla tan divorciado de la ciencia como este sistema de mutilaciones que hace el camino inverso al del Dr. Frankenstein, arrancando de cuajo a los personajes de sus tiempos y encajando sus pingajos sangrantes en una extraña galería de cera virtual. Así ni Guevara es Guevara, ni Gardel es Gardel, ni Perón ni Evita, ni Borges o Maradona, pueden resultar otra cosa que una réplica ortopédica de sus propias sombras aberradas por la enloquecedora luz de los sets.

Ahora, si se pretende política de la historia, El Gen Argentino resulta un remozamiento de lo que la historiografía oficial y tradicional construyera como relato a partir de Caseros. Al menos, el resultado es el mismo: ausencia absoluta de las corrientes políticas e ideológicas del país y la región, y conversión del pasado en una hierática galería de bustos desustanciados a fuerza de biografismo y procerato.

Podría, en síntesis, tratarse de un desatino o una estupidez. Pero a medida que envejezco recupero la curiosidad del niño. Mirando detrás del entarimado sobre el que se monta la escena, veo una silueta nítida que no es genética por cierto, sino pedagógica, y que resulta ser la vieja cuestión de una estructura de poder que explica el fracaso nacional denunciando las virtudes del país como defectos, y que educa en la autodenigración para consolidar las bases del sometimiento. Es la política de la férula, que no ayuda a crecer sino que somete a un único tipo de crecimiento.

Si Alfredo Zitarrosa tiene razón en el fragmento con el que abrimos estas líneas, El Gen Argentino es, sin duda alguna, un excelente programa de televisión.