Saldar

¿Quién puede abstraerse de la discusión creciente sobre “setentismo”, violencia y política, reinaugurada sobre el piso debacle del 2001?
Sea por reivindicación generacional, por huir del cono de la sospecha, por oportunidad en el mercado editorial o por esta compulsión periodística de no quedarse afuera de ningún tema de la “agenda”, prácticamente nadie.

Bregan con distinta fortuna de consulta muchos investigadores serios en esa tarea: Anguita, Tarruella, Terán-Calveiro, por nombrar algunos de los muchos. También huellan, con escaso rumor, una treintena de testimoniantes y de incursionistas honrados que laten bajo la influencia bibliográfica de Haroldo Conti, Rodolfo Walsh como cabezas más elogiables.
Sin embargo, la sociedad mediática sólo acepta la realidad de un asunto, cuando esa realidad se expresa con la palabra de los medios. De allí entonces que, figuras y figurones, inocencias y especulaciones, invadan la cuestión en el terreno superficial de ese sistema.
Me es muy difícil hacer juicio sobre la reciente novela de Jorge Lanata, mucho porque no la he leído, poco menos porque aún no logro sobreponerme de la lectura de sus incursiones en el comentario histórico de “Argentinos”. No creo que pueda recuperar el pulmón de la paciencia consumida en esa empresa.
No me hace falta por tanto esa lectura cuando hablaré apenas del sistema de la cultura contemporánea, sus cultores, y su necesidad de saldar y cristalizar en su relato institucional una idea de “los setenta, la política y la violencia” que agote toda discusión posible, desvíe cualquier intento revisionista que contradiga la estructura de ese relato e imponga, como siempre hace, su oxímoron básico: el del silencio atronador.
Nadie habla del pasado sino por razones del presente. La historia alecciona sobre esa necesidad humana.
Por alguna razón de este presente es que se simula una mirada sobre las formas de insurgencia de aquellos años y se evalúa con apuro por llegar prontamente a una conclusión. Aún no llego a esas razones, pero deberíamos explorar los cimientos sobre los que están armadas.
Me conformo provisionalmente con recordar lo ya aprendido sobre el carácter de la cultura mediática. Siempre ocurre lo mismo cuando ese sistema y el periodismo hegemónico como avanzada abordan estos intactos huesos de la historia: se trata no de saber sino de terminar con la pregunta.