Así era mi viejo

Breve historia de la vida de Calo Contissa por Tato para ayudar a su hija en la realización de un trabajo en tercer grado del colegio Melipal (San Carlos de Bariloche) titulado “Mis Abuelos”.

Ángel Contissa nació el 24 de marzo de 1914 en San Gregorio Magno, localidad al norte de la ciudad de Rosario, Santa Fe. Era hijo de Giusseppe Contissa (José, en la traducción que en el documento le obligaron cuando ingresó a la Argentina a principios de siglo) y de Petrona Bárcena, nieta de Manuel Bárcena, quien fuera mano derecha de Juan Manuel de Rosas.

Ángel, a quien apodaron Calo, vivió en Santa Fe hasta los 17 años, en que ingresó al ferrocarril y comenzó un periplo que lo llevó hacia la Patagonia. Jugaba al fútbol en las divisiones inferiores de Rosario Central, pero al año de ingresar al ferrocarril tuvo un accidente en el que perdió tres dedos del pie izquierdo (y era zurdo, como mi hijo). Dejó de jugar y empezó a trasladarse hacia el sur en las diferentes extensiones que se programaban de la vía férrea. Hasta 1937 vivió en Punta Alta y Bahía Blanca. Unos años después que el ferrocarril llega a Ingeniero Jacobacci, Río Negro, Calo es trasladado allí y en 1941 asume la jefatura de la Estación. Al poco tiempo conoce a mi mamá, Blanca Azucena Pérez, una joven doce años menor que él y muy bonita (de hecho, fue coronada reina de su pueblo). Se casaron a mediados de 1948 y de ese matrimonio nacieron en Barloche mi hermano Pelusa (Miguel Ángel), y en Jacobacci mi hermano Corcho (José Daniel) y yo, en los años 1949, 1951 y 1954.

Mi padre se parecía mucho a mi hermano Corcho, era de tez más oscura que el resto de sus hermanos, muy parecido a su madre. Calmo, muy sereno, era de esas personas que tranquilizan con sólo verlo. Cuando murió su madre y su padre viajó a Italia para casarse nuevamente, se escapó de la casa (con sólo 14 años). Mucho tiempo después se transformó en uno de los más queridos de Doña Gerónima, una sicilianita bajita y amorosa que se transformó en su madrastra. Era un verdadero bombón y, por otra parte, la única abuela paterna que conocí.

En 1950 Ángel fue designado Intendente de Jacobacci, y estuvo en ese cargo hasta 1954. Un año después se producía en la Argentina un nuevo golpe de Estado, el que derroca el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. En todo el país comenzaron las persecuciones y detenciones de aquellos que fueran del signo político del gobierno derrocado. Mi papá estuvo 9 meses detenido sin proceso en Jacobacci, y mi mamá viajó a Rosario con los tres (de 1, 4 y 6 años), a vivir con mis abuelos paternos hasta tanto mi viejo fuera liberado.

Cuando lo liberaron lo restituyeron al ferrocarril con el mismo cargo, una jefatura, pero lo enviaron a Buenos Aires, a una estación de carga que estaba ubicada en un lugar muy peligroso llamado Isla Maciel, vecino a La Boca. Fue otra manera de castigarlo. La historia es muy triste en esta parte, porque ese mismo año (1956) tengo un accidente y pierdo la visión del ojo derecho, y mi madre se enferma de asma.

En 1959 cuando Corcho tiene que empezar la primaria, mi viejo nos pone de medio pupilos en un colegio muy importante que había en La Boca, el San Juan Evangelista, donde al año siguiente yo también empiezo la primaria. Calo consiguió un trabajo complementario en una fábrica de Sanitarios que se llamaba Puma y quedaba en Sarandí. Con ese dinero extra compró una casa en Lomas de Zamora, a la que se mudaron en 1962. Esto es importante porque al lado está Banfield, donde vivía Mónica, y por eso ambos pudimos conocernos, en la Universidad de Lomas de Zamora, en la que coincidimos de jóvenes.

Calo dejó el ferrocarril y vivió en Lomas de Zamora hasta el 22 de Septiembre de 1974, en que falleció a la edad de 60 años. Fue un tipo bárbaro, honrado, trabajador, cariñoso, incapaz de una acción que ofendiera o lastimara a los demás. No mereció sufrir las cosas que sufrió, pero hay que darse cuenta de la valentía que tuvo para enfrentar tanta adversidad, y eso hace que lo valore aún más. Así era mi viejo.