Verdades sobre una Ley de Ley

Si la Ley 26522 de servicios de comunicación audiovisual estuviese en plena vigencia no tendríamos que hacer esta enumeración, ya que la ciudadanía, con el derecho a la información garantizado a pleno, lo sabría.
En cambio, pobres esbirros de los poderes mediáticos concentrados, ofrecen todos los días cuotas indigestas de mendacidad, escamoteos, fraudes informativos y gambitos de truhanes.

De manera que aquí va:

La ley tiene bondad de origen

Es el resultado de 25 años de lucha inclaudicable; demandó para su diseño la participación de más de tres mil actores directos, comunicadores, trabajadores, docentes, intelectuales, radiodifusores libres, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, pueblos originarios, colectividades, representaciones de todos los credos. Dos mil trescientos aportes en veinte foros que durante medio año se realizaron en todo el país. La aprobación de 143 diputados (casi las dos terceras partes de la Cámara) y 44 senadores (casi las dos terceras partes de la Cámara), el reconocimiento de los organismos internacionales, la declaración de “ejemplar” por parte de la relatoría de la OEA, y la promulgación inédita de una ley con miles y miles de ciudadanos acompañando el acto durante toda una jornada a las puertas del Congreso de la Nación.

Lo único que se le opuso ha sido el interés de los grupos concentrados

Desde que la posibilidad de democratizar el espacio mediático cobró vigor, los argumentos para detener el proceso se dieron sin solución de continuidad, es decir con “persistente incoherencia”.
Primero se atentaba contra la libertad de expresión. Después se cambiaba un monopolio por otro al hacer ingresar a las telefónicas. Luego, el monopolio que iba a ser cambiado por otro, dejó de ser monopolio para convertirse en una empresa exitosa que se interponía en las obsesiones del gobierno por apoderarse de la mediación. Es decir, a medida que la letra mentirosa dictada desde el corazón mismo del sistema mediático hegemónico y concentrado se desvanecía, nuevos runrunes y nuevas mendacidades ocupaban el lugar de la discusión negada.
No hubo oposición intelectual ni debate ideológico ni discusión sensata sobre el derecho a la información y las libertades que le vienen por añadidura, de expresión y de prensa. Sólo el interés de proteger la posición dominante del oligopolio, cuya hechura enraíza en las páginas más oscuras y desgarradoras de la historia de los argentinos. Hablo de Papel Prensa como hablo de la Ley viciada de origen con la letra ensangrentada de las manos de Videla y Martínez de Hoz.

La transformación tecnológica es una promesa con ley y una amenaza sin ella

La expansión y extensión del espacio comunicacional que se promete desde la creciente tecnología es una invitación para la multiplicación de actores y para aumentar la superficie de la expresión y la información de manera más democrática. Sin embargo, las actuales condiciones legales que la Argentina padece en este momento, resultado de la inculcación de derecho a la que estamos sometidos por decisión de una Cámara Federal de Mendoza, no hace otra cosa que generar la amenaza de una mayor concentración, de una más acentuada posición de dominio en el mercado, y de una concentración fascista de la palabra pública.
Esta sola razón es suficiente para que cada argentino vea peligrar, en la suspensión de la Ley de la Democracia sus garantías constitucionales referidas al derecho a la información y a las libertades de prensa y de expresión.

La Ley es Modelo en un mundo con la democracia en peligro

Sucede que el modelo político de la cultura occidental se está agotando. Incapaz de corresponder y dar indicadores y prácticas a las nuevas realidades humanas sólo ha sabido dar una compulsiva respuesta en la expansión tecnológica, la que amenaza con terminar de minar sus propios cimientos.
Ese modelo, a pesar de los dispositivos de autocontrol, tiende fatalmente a la concentración, siguiendo los impulsos naturales de su condición económica. El proceso conlleva a mimetizar todos los circuitos con el circuito del poder económico haciendo que las prioridades de este último se conviertan, de manera suicida, en las únicas prioridades.
Este es el primer problema: El sistema así como está muestra obscenamente la incompatibilidad de los intentos de veracidad y de rigor informativo con un modelo de mercado como el actual.

Así las cosas, en el imperio simbólico del mundo occidental el destino de la palabra pública depende de un proceso de democratización como el que la Argentina a construido democráticamente con la participación de los actores directos y los niveles institucionales de la República.

El mundo observa con preocupación los resultados de la concentración mediática.
La representación es conmutada por la delegación absoluta, con sistemas políticos parapléjicos y aparatos jurídicos garantes de la injusticia extrema y modelos sociales de escasa a nula movilidad. La red simbólica es una monstruosa campana de silencio en dónde sólo se deja escuchar el hipócrita recitativo de la sumisión al orden de la “igualdad”. La ley ante la que se prosternan todos por igual no es igual para nadie.
Toda aquella realidad que no consagre el modelo debe ser expulsada del mundo simbólico. Los conflictos planetarios que aparecen en el gran sistema concentrado de difusión son proscriptos de la pantalla mediática, los cuerpos teóricos que minan la credibilidad del paradigma único de la posmodernidad son confinados a los suburbios de ese régimen, las prácticas políticas que ponen en acción la crítica al gobierno de esta doctrina universal son combatidas con furia o silenciamiento, y si se obstinan en existir la orden de aniquilación no tardará en darse sin pudores ni medias tintas.
Garantizar la diversidad y la representatividad de todos los actores,
evitar la constitución de monopolios u oligopolios y toda otra maniobra concentradora de medios de comunicación, enfatizar el carácter público de los medios independientemente del agente de gerenciamiento que tengan, a los efectos de por cumplir sus cometidos social, cultural y político en orden al bien común y al sostenimiento de la democracia, es el alma del diseño de la Ley de la Democracia que debemos defender.

Tato Contissa, el Lunes, 3 de mayo de 2010 a la(s) 12:02 ·