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«Uno trabaja para el éxito»

La definición le viene desde detrás del grueso maquillaje, un blindado de emulsiones que ya es ella misma, su totalidad de máscara, el escudo que la defiende de su insignificancia: “Uno trabaja para el éxito”.
Transida de vanidad, Mirtha acaba de sincerarse.
Claro que nadie hace nada en ansia de fracaso. Pero lo que hace trascendente cualquier hacer humano es, justamente, el hecho de que lo que hace trasciende al hacedor.
Se trabaja para curar, confortar, mejorarle la vida al otro, tanto si se es médico, cura o cómico, y cuando viene el aplauso, el agradecimiento o la sonrisa el trabajo se muestra terminado, pero es sólo eso, un aviso: el domingo es mucho más que la campana.
Pero ella nunca lo sabrá. Amante de lo fatuo, envanecida de los amores distantes que ofrecen las plateas, alimentada de la vanagloria que produce el autógrafo, jamás sabrá que se trabaja para otro con el objeto de que lo que se hace sea trabajo.
Su hato de prejuicios, su insidia, su ignorancia, su inteligencia módica, su desprecio por la naturaleza humana, continuarán haciendo el mal. Y en ese hacer seguirá cosechando éxitos.
 

Ingenieros civiles en el bar de Moe

Julio César aseguraba que el hombre tiende a creer en lo que desea. El deseo colectivo suele pulir las realidades desbastando en sus perfiles incómodos y perfeccionando los relatos que le permitan transitar la historia con la menor confusión posible sobre la naturaleza de sus propios intereses. Los ídolos, las víctimas propiciatorias, los malditos y los benditos se construyen con esa metodología.
Lo que en general se considera permitido ( e inevitable) no puede aceptarse en particular, se trate de la acción intelectual de que se trate. Al periodismo, por caso, no le cabe darse esas licencias.
Con esto digo que forzar tanto dato a que encaje en la línea general de un argumento previamente establecido no es una técnica permitida, y si no limita en lo deshonesto raya al menos en lo caprichoso.
 

La nota bajo firma de Diego Rojas publicada en la última edición de la revista XXIII es una muestra incursa en el procedimiento que menciono en el epígrafe.

 

La tesis a sostener por Rojas es la que sigue: En el peronismo hubo desapariciones; el tercer gobierno (con Perón en vida) procrea ese demonio; incomoda esa certeza porque el peronismo teme que se equiparen esos casos con los producidos a partir de marzo de 1976.

 

Para darle una buena base a la vertical de sus hipótesis el periodista enumera casos en los que matiza asesinatos e intentos de secuestro con una decena de efectivas desapariciones ocurridas en 1955, 1973 y 1974.

Los hechos son vestidos con la camiseta de la metodología para que aparezcan jugando en el mismo equipo de especulaciones.

 

No es necesario (aunque bien podría hacerse) recuperar las relaciones de cada uno de los hechos mencionados por Rojas con otros hechos y otros contextos y que han sido podados a los efectos de no distraernos de la comprobación perseguida. No lo es porque, antes que nada, conviene recordar que los conceptos históricos no pueden divorciarse de su cuño, que suele tener fechas muy precisas. Con esto quiero decir que la desaparición de personas, como política y no como simple metodología represiva, nace entre marzo de 1976 y diciembre del mismo año, lapso en el que se desarrolla la impronta del estado terrorista y se organiza el aparato para el cumplimiento de tal propósito. Incorporar casos anteriores extirpados de sus entornos históricos desnaturaliza tanto las interpretaciones de esos sucesos como la interpretación de la propia dictadura.

 

En julio y en septiembre de 1977, Jorge Rafael Videla, en mensajes públicos y oficiales hace mención a la entidad de los desaparecidos y ofrece difusas interpretaciones sobre su destino.

“¿Qué es un desaparecido? En cuanto éste como tal, es una incógnita el desaparecido. Si reapareciera tendría un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido.”
 

“Debemos aceptar como una realidad que en la Argentina hay personas desaparecidas. El problema no está en asegurar o negar esa realidad, sino en saber las razones por las cuales estas personas han desaparecido. Hay varias razones esenciales: han desaparecido por pasar a la clandestinidad y sumarse a la subversión; han desaparecido porque la subversión las eliminó por considerarlas traidoras a su causa; han desaparecido porque en un enfrentamiento, donde ha habido incendios y explosiones, el cadáver fue mutilado hasta resultar irreconocible. Y acepto que puede haber desaparecidos por excesos cometidos durante la represión. Esta es nuestra responsabilidad; las otras alternativas no las gobernamos nosotros. Y es de esta última de la que nos hacemos responsables: el gobierno ha puesto su mayor empeño para evitar que esos casos puedan repetirse.
 

Luego, ya caído blanqueará la decisión de estado en su aberrante y verdadera condición:

 

“No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina, cambiante, traicionera, no se hubiere bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil, 10 mil, 30 mil. No había otra manera. Había que desaparecerlos. Es lo que enseñaban los manuales de la represión en Argelia, en Vietnam. Estuvimos todos de acuerdo. ¿Dar a conocer dónde están los restos? Pero ¿qué es lo que podíamos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo.”
 

Está muy claro el cuño de la desaparición como política, de las razones de la metodología como razones del estado terrorista. Repito, una política, es decir una cuestión de naturaleza muy distinta a la variada calidad de casos mencionados por Rojas.

 

Veo la confusión y me animo a sospechar su causa intelectual porque no me permito juzgar intencionalidad alguna. Pero tengo edad como para evitar descalificaciones y trabajar sobre argumentos y no sobre sospechas.

 

De manera que prefiero hacer dos apuntes en los que Rojas comete aciertos de interpretación sobre informaciones erradas.

 

El gobierno argentino no tomó medidas “a la Chávez” contra el controversial episodio de los Simpson no por diferenciarse en el estilo, sino porque no tenía de dónde tomar modelo, ya que el gobierno de Chávez jamás prohibió la tira sino que la cambió de horario, por cierto que asignándole uno más central.

 

En el mismo sentido no se sostiene sorpresa posible en lo que desencadenó la emisión del episodio, ya que el episodio jamás fue emitido, siendo en cambio que fue adelantado vía Internet por una publicación colega, y luego subido a un sitio de videos en la red. Fue operada tanto en el conocimiento público (porque se advertía cuáles reacciones iban a producir) como en la difusión sobre sus derivaciones. Con una centésima parte del esfuerzo que Rojas ha hecho para vincular hechos que no se relacionan hubiera advertido esto que no es un detalle. Por qué? Porque hace más de dos años que cierta prensa y ciertos hombres de la justicia están intentando tender un puente mágico que una al tercer gobierno peronista con la dictadura cívico militar. Un puente que de tan mágico convierta de un solo golpe de varita al golpista y al derrocado en la misma cosa. Y que de yapa le genere un cálculo al riñón político del actual gobierno peronista.

En septiembre de 1977, Isabel Martínez, daba información en prisión sobre la desaparición de personas acrecentadas en el último semestre a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que se encontraba de visita en el país. El mismo día, ADEPA, organización que reúne a los grandes medios de prensa de la Argentina, les negaba la entrevista a los visitantes. Hoy esa prensa hace de ingeniero civil en la construcción del puente, y contrata a Homero Simpson, sin que éste lo sepa, como operario estrella.

 

Tato Contissa

 

La juventud, finalmente, es maravillosa

Dar examen de revolucionario fue una tarea que en los setenta nos devoró mucha energía. Y quizá nos distrajo. La izquierda compañera de los sectores medios no peronistas, entre los que destacaban los hijos contestatarios de gorilas libertadores y los epígonos del nacionalismo católico, ocupaban dos de los tres bancos de la mesa examinadora. La tercera era la silla del marxismo ortodoxo y bienpensante, la más jodida de las sillas. Nosotros, también de clase media (una nacida o resucitada por el peronismo) nos debatíamos en las dudas que generaban las categorías retóricas de los examinadores. En los sectores medios bajos y bajos, esas dudas no existían. El poder de la memoria grabada sobre el cuerpo familiar del pueblo suele ser inconmovible.

 

No lo era todo. Estaban nuestros primos de la “derecha peronista”, los de la juventud sindical, algunos de los cuales terminaron jugando de Caín cuando a todos nos tocó jugar de Abel. Para bien o para mal, queriendo por querer o queriendo como se quiere a lo inevitable, la cultura del peronismo se tragó todo lo que no se tragaron las cámaras de tortura.

Y los años que siguieron nos resucitaron las “culpas” de la infancia, pero en formas distintas, aterradoras algunas, embebidas en rencor otras, horadadas de cinismo las más, todas devastadoras.

 

A principios de los ochenta hubiésemos podido empezar a hablar, no sé si con sensatez, pero quizá el hurgar en la memoria reciente nos habría permitido encontrar alguna pregunta necesitada de respuesta. Sucedió que había otras voces y otro relato. Vocinglería que salía de debajo de las camas y que entonaba una octava arriba, una octava abajo, la música del antiperonismo que había superado salvo el silencio de la dictadura. Era la generación que seguía, o la propia que no habíamos conocido. Nos sentimos extraños, extranjeros, raramente exiliados.(*)

 

Cuando superamos los cuarenta nos dimos cuenta que amábamos más al país que a nuestro empecinamiento. Algunos.

Tratamos de poner alguna letra cuña en las grietas del edificio de mentiras. Pocas veces lo logramos.

Entonces la juventud se había ido, y con ella la maravilla prometida.

 

Estos tiempos son diferentes. ¡Vaya verdad! Pero lo son de un ser también diverso, porque las banderas de nuestras derrotas y de nuestras victorias no enredan los pies marchantes de los pibes, y así algunas voces a las que no les prestamos toda la atención necesaria, distraídos como estábamos, suenan entre los muchachos y muchachas con otro tenor.

 

Podría explicarlo de otra manera, una que no nos castigara tanto. Decir por ejemplo que las versiones de la derecha contemporánea tiene la funcional estrechez intelectual de un Macri, y que la izquierda institucional parece una estudiantina, de tal suerte que no haya con quien discutir alguna cosa con nadie fuera del campo nacional y popular. Eso es un quita pudores importante para los compañeros de debajo de los treinta, porque les evita distracciones, les elimina una carga de culpa que pudimos haberles heredado y los lanza a la tarea de ser el corazón de la lucha presente y en ese hacer, recuperar para todos la maravilla perdida.

 

(*) Esto fue escrito en 1986, ya residiendo en Bariloche, en dónde habité por casi veinte años

 

 

¿Sabés por qué me fui?
¿Por qué partí el farol del paraíso y me partí?
¿Sabés por qué entregué las furias enteras y las trizas,
rindiendo las murallas enanas,
petizas de mis ganas
Subiéndole el gas a las amnesias y bajando las defensas?
¿Sabés por qué me fui?
Quiero entregarlo ahora,
entregarlo, no decirlo.
Ahora que los otros exilios se cotizan
y vuelven a ganar los ventajitas.
¿Sabés por qué me fui,
de aquí…de vos…de mis amores?
Nos enseñaron a creer que nos debíamos…
Hasta el poder querer era un regalo,
un gesto secular, la herencia bendita de la patria,
una patria de cancha de bolitas, única batalla en la que se gana de rodillas.
Nos enseñaron a pensarnos leña ardiendo en los hornos de la historia,
sesgo vital en la rama del designio,
sal de la masa que habría de ser el pan de los futuros.
Nos enseñaron a ser duros,
Austeros,
espartanos.
A ponerlo todo en una mano para derribar los muros enemigos
A arder de trigos
A plantar hermanos
Y hacer de la casa de todos un lugar seguro.
Nos enseñaron que se vuelve
Que la verdad estaba y se regresa,
se la rescata de la nota injusta, aleve
con que los hijos de puta la secuestran.
Y la verdad se bañaba así en los bríos
Incalculablemente…
porque estaba escrito lo que ya sabemos
Que de cualquier manera venceremos.
Nos enseñaron eso y lo aprendimos
Lo engarzamos de almas, lo soñamos
Y haciéndolo materia lo encarnamos,
lo pusimos a andar en las veredas,
en las plazas…en las calles y en las letras,
en una infinita amalgama sin flaquezas.
Así crecí, en la certeza que brillaba en los ojos de los otros
Y creí tocar la filosa angostura del destino
soldado de la fe de los fervores.
Y así crecí seguro de que el viento sabía dónde iba.
Y ni siquiera me pegué el porrazo.
Ni siquiera me comí los cuernos
Ni siquiera me ahogué en el fiero abrazo del infierno.
Tan sólo me encontré perdido en un tablero de absurdas diagonales
en donde los más descomprometidos ,livianos y banales
se disfrazaban de mí mismo y festejaban
un triunfo por el que no habían luchado.
Y yo era el derrotado.
No me dejaban afuera…yo era el afuera,
viendo absurdamente flamear la bandera de mi esfuerzo
en la tribuna de enfrente..
De pronto los muertos no eran míos.
Ni mías las palabras prohibidas
Ni mía la misión de vida por la que sucumbieron tantos….
Y me vi obligado a dar explicaciones
porque tenía vencido e irrenovable
el carné de los derechos adquiridos.
Pasó lo que podía pasar…
el alma se me cagó de frío
Por eso me fui.
A que tuvieran mi hijo la resignación y la derrota
Y que no fuera en tu cuna el nacimiento
de este dolor que parece no estar y siempre brota.
Y me tomé el palo hacia paisaje
Un viaje al suelo
un simple viaje
en donde no hiciera falta ni un poco de coraje
para empezar de nuevo.
Tato Contissa

Los Veteranos de la ningunaguerra

En 1985 escribí esto, fragmento de un intento de poema de mayor extensión:

Tan sólo me encontré perdido en un tablero de absurdas diagonales

en donde los más descomprometidos ,livianos y banales

se disfrazaban de mí mismo y festejaban

un triunfo por el que no habían luchado.

Y yo era el derrotado.

Sabía que alguna vez podría exponerlo libre de todo resentimiento y en función de una explicación útil en dónde encontraría multitudes de “identificados”. Hoy hartan menos (porque estamos más viejos) las falsas chapas de luchadores. Pero igual joden, sobre todo cuando se usan para habilitar posiciones reaccionarias y antipopulares yéndola de veteranos de guerras tan falsas como supuestas.

Vuelvo al pasado, pero un poco más cercano, 1994. Este es un fraghmento de “Salven a Clark Kent…Exhortaciones ante lamuerte del periodismo” que publiqué en 2005. El personaje soldado es fácil de reconcer, ya no lucha contra el menemismo pero tiene la casa llena de medallas. Digo yo.

 

 

Menem iba por la reelección.

 

Quería que la novia se entregara por derecho tanto como por deseo. Así fue que abrió la calle de su derrotero histórico pavimentándola con una nueva constitución, obra civil que además de lo obvio tradujo las necesidades de los grupos que tanto lo soliviantaban como lo empujaban hacia el futuro.

 

El gesto llevó a las puertas del delirio cualquier vindicación posible de la Constitución del 49, la última base jurídica legítima incontrastable que había sido derogada y reemplazada con amputaciones por un mamarracho.

 

Durante 28 años esa macilenta Carta Magna, la de 1956, sirvió tanto para toda variedad de atropellos al derecho político como para la perpetración de la mayor enajenación económica de la historia, sólo superada por la que vendría después de su reforma. Apenas algunos de los derechos del trabajador se habían salvado de la demolición constitucional comprimidos en ese 14 bis tan obsequiado por los juristas.

 

Había en 1994 entonces, un propicio momento para mirar hacia atrás como quien busca el porvenir.


Pero no. Había en los medios otras necesidades.

 

Ernesto fue destacado en la convención constituyente por el diario. Era joven. En realidad hoy uno lo ve y siente que siempre fue joven, que lo seguirá siendo indefinidamente. Versión desangelada de Hughes Grant  la televisión le otorga patente de transgresor acomodados a las formas requeridas por las nuevas expectaciones y por el nuevo público. Un público que aplaude de corazón la música de la insolencia sin entender casi nada de la letra.

 

Esa tarde de invierno santafesino, en un bar a doscientos metros del paraninfo de la Universidad del Litoral, las cavilaciones de Ernesto navegaban otras honduras distintas de las que podría provocar la historia que se estaba cerrando bajo los pies de los argentinos.

 

Vio a Alberto garrapateando notas sobre un informe de prensa surgido de las oficinas dispuestas en torno al gran circo convencional. Se acercó con aires livianos altamente contrastantes con la sombría y contracturada actitud del otro.

 

Porque Alberto estaba viejo, arrasado, trasegado por los tiempos de resistir, y se refugiaba automáticamente en lo que estos tipos llamaban rigurosidad. Ratas de hemeroteca, viviseccionadores de documentos, rastreadores de incomprensibles insignificancias invendibles cuya trascendencia estaba más en manos de los historiadores que de los jefes de redacción y los dueños de los medios. Ernesto sabía que Alberto era de esos. Un loser  a todas luces y sombras.

 

Alberto Sombras hurgaba papeles en su maletín raído mientras se retorcía frente a la barra de ese revivido café santafecino. Ernesto lo saludó con la displicencia que, parece ser, es la apariencia imprescindible del periodista, una pizca de detective de novela negra y un dejillo de asomada bohemia. Algo que en suma tiende a decir: detrás de este pibe de aspecto difuso, se esconde mucho más de lo que puede advertirse a primera vista.

 

Alberto Luces chispeó – ¿Y nene….llegaste a leer lo de la Constitución de 1826? –

 

Asomaron las paletas separadas más sobre el labio inferior que de costumbre, casi como enjugando saliva en fuga.

 

-No – dijo terminando de descubrirse hasta la encías – se me ocurrió una nota sobre las barrigas de los constituyentes. Formas de abdomen que pueden insinuar abundancia o descuido, algo de más color. ¿Viste que la panza y lo burgués y el mal gusto funcionan en paralelo? Bueno…me iluminó. Tiré la idea y en la redacción les pareció excelente.-

 

Alberto Luces y Sombras tardó en reaccionar.

 

Tardó como quince años.

 

Tanto tardó, que ya era tarde.

 

Me pareció mejor traer esta vieja bronca, gastada y sin filo, que dejar que me gane una nueva, mejor destinada para los verdaderos enemigos.

 

Esta entrada fue publicada el Lunes, 24 de Agosto de 2009 a las 16:40

Hay mucho danger

Por Tato Contissa

Aguardientes

“Hay mucho danger…hay mucho danger…” rapea muy flamenco, Ojos de Brujo, un grupo musical andaluz, con voces templadas por siglos con colores castellanos, moriscos y posmodernos. “Hay mucho danger…hay mucho danger…”

En la tele del café, el gran Buenos Aires transcurre su mañana insertadas las imágenes horrorosas de este día: Bagdad. Pero esta vez una referencia al pasar de que allí sigue sucediendo esa ingeniería indescifrable del desastre. Entre metales apiñados y restos irreconocibles yacen, seguramente, un montón de destinos interrumpidos en postales a las que te vas acostumbrando, pero que igual despierta esa sensación de imponderable vacío. ¿Por qué será que no es el dolor ni la misma muerte lo que más lacera, sino esa interrupción de futuros, ese número creciente de promesas que no se van a cumplir, o peor, la corroboración de que esas personas ya estaban muertas desde siempre?

“Hay mucho danger…hay mucho danger…”

La magnitud de la tragedia asoma también sus cartas más mezquinas…a alguien le convendría más que fuese la ETA que un grupo fundamentalista islámico…al mundo, igual, le debe dar lo mismo…pero no le da…no…no le da lo mismo… El domingo hay elecciones con unos pocos electores menos…estadísticamente nada…mediáticamente mucho…

Hay mucho danger….hay mucho danger…

La televisión y la radio son ojo y voz de lo que ocurre, a veces. Hoy las papeleras y el conflicto en Aeroparque ocupan el espacio que bien podrían ocupar las acciones militares en el norte de Irak. Si alguien decidiera que lo que está pasando pase en los medios, a las 10 de la mañana los diarios de hoy se habrían condenado a ser lo más viejo que pueda uno imaginarse, los matutinos de hoy se volverían más viejos aún que lo de ayer.

Que mezquino es cualquier pensamiento que no se encuadre en este sobrecogimiento y este ahogo que no me deja pensar. Porque esta sucediendo, porque aún cuando no subamos on line en la tercera de la derecha, está sucediendo, la muerte del terrorismo occidental en medio oriente trabaja y se ubica en todas las columnas de la realidad “on live”.

“Hay mucho danger…hay mucho danger….”

¿Por qué será que lo más valioso resulta ser siempre lo más vulnerable? Me viene de golpe aquel obrerito muerto en el tranvía caído al riachuelo que movió la pluma del dolor de Raúl González Tuñón. Imagino bolsos revueltos entre los desechos de cualquier ataque abrigando historias parecidas a las de aquel sanguche de milanesa. Pero entonces había sido un accidente en el mundo, hoy el mundo parece ser un gigantesco accidente.

“Hay mucho danger…hay mucho danger….”

Cruzo la calle a compartir ese millón de rutas que se ignoran mutuamente y que llamamos ciudad. ¡Qué frágil todo! ¡Que infinitamente frágil todo…!

De pronto, espabilo, sé por qué me muerde así, así de poderoso. También viajo yo, a diario, con mi pequeña humanidad, con mi fragilidad de uno entre millones en un tren siniestrado, o caminando la calle donde el estallido resulta ser la única palabra. También nosotros estamos en el mundo en dónde hay demasiado, demasiado “danger”.

La obligación de la felicidad

Por Tato Contissa

Aguardientes. Segunda Temporada.

El cura acababa de convertir un festejo familiar, unas emociones en racimo concurriendo a la victoria del esfuerzo, de la voluntad, del tesón, del empeño, de cualquiera de las palabras que nombran al nervio motor de la condición humana, todo lo acababa de convertir el cura en una cuestión argentina.

No sé cómo lo hizo, me parece que le vino de una convicción profunda, de esas certezas irrefutables que tienen los tipos como el cura Horacio.

Nos encontrábamos allí para el acto de una colación de bachilleres adultos. Esta otra historia es mejor de lo que yo puedo contar, pero la sintetizo diciendo que se trataba de un grupo de adultos que habían emprendido la tarea de hacer el secundario para tener una herramienta mejor a la hora de apoyar a sus hijos, de contenerlos, de hacerles mejor lugar en el mundo.

En tiempos en que lo único que uno ve a la vera es desolación, en los que entender el presente demanda protectivas y abundantes cuotas del más cínico escepticismo, en estos tiempos es que la prepotente inocencia de ese cura suena como un piedrazo en un campanario.

La palabra les hacía recordar a los que acababan de triunfar que el logro había sido una creación del conjunto, que si era legítimo vivirlo como una realización personal, era el entramado de voluntades la victoriosa red que acababa de recoger un resultado. Y más, los comprometía a no abandonar ni la idea ni la fuerza ni el sentido colectivo, porque había más por lograr. Y que ese logro por venir (y aquí viene la audacia de corazón por excelencia) era nada más y nada menos que la felicidad.

Y yo, con las pesadumbres que resultan de cargar todo en la cabeza y demasiado poco en el alma me dije: —¿Este cura está diciendo que la felicidad es una obligación? ¿Este pibe de ojos limpitos y palabra sencilla me está diciendo a mí, un campeón de la melancolía y un refugiado habitual de la tristeza que la felicidad es el imperativo categórico de los argentinos? ¿Este tipo, sin que nadie lo interrumpa o lo apedree, o lo bañe de ruidosa indiferencia viene a proclamar tan suelto de cuerpo que este asunto de la felicidad es nada más y nada menos que “la felicidad del pueblo”?

No la felicidad como una fugacidad, como un mendrugo ilusorio que resplandece por instantes en medio de la oscuridad de la vida cotidiana, de la rutina, de la desazón, de la resignación ante la defectuosa condición humana. Tampoco la felicidad como una utopía, como la persecución de un objetivo que, aún cuando inalcanzable, nos permite vivir la ilusión y aliviar nuestro oscuro y fatigoso derrotero. No. La felicidad ahí, palpable, contante y sonante, la felicidad por ventanilla. De eso nos hablaba ese cura, esa mañana con un sol que parecía darle la razón. De la felicidad como destino colectivo, y por lo tanto como obligación, a la que nadie puede desertar. Las pruebas del compromiso las señaló para esa ocasión, en hombres y mujeres hacedores de un logro, irrefutables muestras de oro que atestiguaban sobre la existencia del gran filón.

Esa mañana me decidí a asociarme al compromiso de la felicidad. No sin esfuerzo, ya que siempre me fue trabajoso cumplir con mis obligaciones.

La verdad de la milanesa

Por Tato Contissa

Aguardientes. Segunda temporada.

En afán de aclarar frases que se escuchan a diario, alguien, no recuerdo quién, me contó así esta historia.

En el siglo XII, Milán florecía como ciudad inigualada en las artes. Los faldeos de los burgos milaneses se atestaban de artesanos, ingenieros mecánicos, pintores, escultores al paso, fileteros, tejedoras de crochette, yeseros finos, gomeros, alambradores y profesores de Bonzai.

En la Vía Vilegas, epicentro de la actividad, Giacomma Valvedrinni, hija de humildes labriegos y oriunda de los suburbios de la ciudad, destacaba del abigarrado paisaje de la Feria por su belleza inigualable. Ni las mujeres de la corte, ni la galanura de las hembras nobles podían disputar siquiera con el esplendor de esa mirada esmeralda con destellos dorados. Ninguna reina podría superar su porte. Ninguna aristocracia podía emparejarse a la escultórica figura de la villana.

Tanta fue su fama que llegó a oídos de Fabrizio Calcátimo Condittieri, Duque de Bérgamo, quien con ánimo galante, curiosidad juvenil y consecuente calentura, cabalgó hasta Milán para comprobar los dichos que enturbiaban sus sueños y lo habían condenado a horas de sospechados encierros en su cuarto de baño.

La tarde de su arribo Fabrizio comprobó que lo que le fuera contado era injusto por escaso ante el esplendor de la belleza de Giacomma. Sin vacilación y sin descabalgar, secuestró a la plebeya llevándola en la grupa hasta el montecillo más próximo al linde del villorrio. Se apeó. La bajó de su caballo y la tendió sin más sobre la blanda hierba del reverdecido prado. Sin decir palabra, recorrió con sus ojos y sus manos toda la plenitud de la belleza. Y cuando arribó allí, al íntimo lugar donde la tibieza prometía el máximo goce del amor carnal, Fabrizio descubrió que Giacomma tenía “algo más” que lo esperado en una niña. Tal fue el estupor, la sorpresa y el horror que atacó su ánimo, que al partir raudamente en su corcel sobre la grava diamantina del camino, cubrió al travieso Giacommo Luiggi Antonino Valvedrinni (así su nombre completo) de una fina capa de tierra y arenizca (rebozo que se recuerda hoy con el pan rallado y el huevo batido en la cocina europea).

Fabrizio y su ansiosa epopeya habían descubierto, sin querer, la verdad de la milanesa.

Al llegar

Todos los espacios y los tiempos que no hayan coincidido
Las oportunidades dispersas
Las diferencias del dolor y del trillar de la risa
Todas las angustias aquí y los festejos de otra parte
Cada una de las ingratitudes y los cientos de lealtades
Las penas apagadas y las euforias sudorosas
Las plumas de los sueños y las guerras de las rocas
Los milagros y las derrotas previsibles
Las angustias y el estrellar de copas
Todo será un instante fundante rompiendo los relojes
Todo será un segundo de viento vigoroso
Todo será un diástole de lunas en los soles
Todo será un destello cuando me encuentre con tu boca
Tato Contissa, el Domingo, 28 de noviembre de 2010 a la(s) 19:45 ·

Como coló la inseguridad

Este es otro fragmento de Salven a Clark Kent. Editorial Corregidor. Abril de 2005.

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            Está el Blumberg de carne y hueso y está el otro, la construcción mediática, la medida canónica de los sectores medios que encontraron un dolor de identidad y una glorificación de sus temores.

La ideología de esos sectores, que atraviesa toda la sociedad, vertebra además la cultura de los medios.

Los medios piensan como la clase media, la gente en los medios es la clase media. El sentido común, para esta cultura, es el sentido “del común de la gente”. Y aún cuando el periodismo se siente (y se desea) ajeno a ese anonimato, no cesa de reverenciarlo en el discurso. Su adicción a las audiencias construye una demagogia suficiente para envaselinar la columna mercurial de los ratings.

Por eso uno y otro Blumberg se han convertido por un tiempo indeterminado en la piedra de toque de la referencia mediática. Pocos se atreven a rozar la túnica del nuevo tribuno. Un tribuno que no cesa de atropellar a las instituciones que desconoce y que ignora indeliberadamente.

Indeliberadamente porque la ignorancia de Blumberg es genuina, la misma ignorancia que los sectores medios mayoritariamente tienen sobre la cosa pública.

Pocos se atreven a contrariar al personaje. Casi nadie. Los periodistas más aventurados juegan al sosiego y al equilibrio, y hasta a la condescendencia ante cada infortunio verbal del nuevo santo.

Los griegos llamaban a quien se desentendía de la cosa pública: idiota. Una paradójica idiotacracia se apoya en el terror del periodismo a desafiar la caprichosa voluntad de las audiencias.

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Sintió la carga amenazante de la voz del contestador. Era una mujer, mucho peor para él. Con la pesadez admonitoria de una esposa defraudada, de una hermana beligerante, de una hija hastiada, de una madre abochornada ante la conducta del hijo.

– Después de eso que leyeron pienso cambiar de radio. Ustedes no tienen derecho a degradar la persona del padre de Axel.-

Se había tomado en serio la modalidad de los mensajes telefónicos al aire. Tanto que ya casi ni chequeaban lo que salía. De manera que la voz de esa indignación golpeó con furia inesperada.

Había tres cosas. La primera “cosa” era la cosa del temor. La sentía alrededor de los ojos, en el cuello, en los bronquios, como un sofoco. Era el temor a desaparecer por efecto de cambio de dial. Conocía esa condena, puesto que había vivido una vida de culpable. Una vida de decir lo que más le parecía, lo que más concluía, lo que se presentaba ante su conciencia luego de haber reunido datos, contrastándolos y finalmente reflexionado. Esa tarea siempre lo alejaba del sentido común y lo acercaba a su patíbulo. Se había entrenado para convencer, y para convencer había que argüir. Y argumentar era investigar, estudiar, trabajar. Le parecía escuchar la voz del Ruso haciéndole el favor de amigo de una condescendencia compasiva diciéndole mientras comentaba sus escritos:

-Qué manera de esforzarte por ganar amigos que tenés.-

Pero al Ruso le importaba más el amigo que el periodista (porque casi amigos ya no tiene)  y siempre terminaba mirándolo como quien mira el irremediable trayecto de alguien que acaba de caer por el hueco del ascensor.

Él en cambio, se obstinaba en sostener la forma del periodismo que no recordaba quién le había enseñado.

Supo tarde, cuando ya la modalidad se le había hecho hábito, que la tarea no era la de convencer sino la de coincidir, la de captar el temperamento de “la gente” y reproducirlo con fidelidad, la de halagar el oído del oyente, la de decir “lo que la gente quiere oír”. Y aún cuando tarde, cuándo tarde eso ya le era sabido, no lograba sino apenas aproximaciones y, como en ese caso, cuando el asunto lo desbordaba, cuando el resultado de su pensar se le volvía irrefrenable, volvía a contrariar al “soberano” y a recibir la condena.

La segunda cosa era que le tiraban a Axel por la cara. Le tiraban la poderosa y fantasmal figura del chico asesinado como la carga de la prueba. Lo inhabilitaban silenciándolo con la impronta de la muerte, con su indiscutible fatalidad. Lo ponían en ese lugar en el que el gesto condenatorio clausuraba todo pensamiento posible.

Ahora hijito mío tenés que sentir. Y sentir significa imbuirte del sentimiento promedio de la audiencia. Mutar extático al inconsciente colectivo en una relación que siempre te obstinarás en vincular con “el uno y el todo”. Muy oriental y muy a propósito.

La tercera cosa era la necesidad de una tanda, otro par de mensajes, un tema musical y un respiro. Había pecado de una inteligencia prohibida en el paraíso mediático. Dios estaba enfurecido, y muy dispuesto a escuchar la radio de Hadad.

Tato Contissa, el sábado, 9 de octubre de 2010 a la(s) 21:33 ·

 

Alguien tiene que decirlo… y como siempre…

Hace seis años publiqué un trabajo que me llevó siete: Exhortaciones ante la Muerte del Periodismo, bajo el nombre de fantasía “Salven a Clark Kent”.

Allí se acuñaron ideas frases que hoy se usan con gratuidad de royalty como “periodismo hegemónico” o “sistema mediático concentrado”.

Sin embargo, nunca en todo el texto, hubo un planteo que se asimilara a una guerra interna entre grupos de empresas periodísticas, que es lo que se está dando, con la necesidad desesperada del Monopolio Clarín y  la especulación de un grupo de empresas disputantes de ese imperio con alianza táctica al Gobierno Nacional.

Todas esas empresas, hoy pro oficialistas, fueron partícipes del aquelarre post menemista de la Alianza consiguiendo perdón en la ignorancia y el descuido que los gobiernos peronistas suelen tener sobre los asuntos de la política de los medios y la gestión cultural, complejo de inferioridad que trato en otro lado.

Así las cosas, tropezamos hoy con la proscripción del peronismo en todos los medios del Estado, ya que no puede pretenderse que los medios de gestión privada abriguen a esos incordios que suelen tener palabra para lo que piensan mucho más que para lo que necesitan. De manera que podrá quien quiera revistar todos y cada uno de los segmentos periodísticos del espectro estatal de medios sin poder encontrar a ningún hombre que curse el peronismo siquiera culturalmente. Estaría mal si se tratase éste de un gobierno de otro signo, pero resulta horrible cuando es, como le es, de un auténtico gobierno peronista.

Bueno sería que pudiera argüirse la poca calidad de los profesionales que este cuño ideológico (digo el peronismo) puede ofrecerle a los medios, pero vista la lista de personalidades anodinas, profesionalidades chatas, y figurones de cartón piedra que ostenta la otra parte del espectro, ese argumento no puede lograr siquiera el asomo.

Muchos argentinos se sorprenden hoy con el supuesto trastorno de la posición de algunos periodistas venerados años atrás. Digo Lanata, Tenembaum o quien quiera que diga.  Se asombran de verlos jugados a favor de los monopolios, aún poniendo en duda sus convicciones democráticas y los blasones logrados “cuando era muy fácil hacer de progresista”. Prepárense todos a cualquier otra destreza de equilibrio del nuevo oficialismo si se llegara a dar la desgraciada circunstancia de una derrota electoral el año que viene. Ahí sí, comenzarían a vivir de periodismo pseudo opositor, revestidos de toda independencia como garantía de la diversidad del nuevo espectro y, las nuevas voces aparecidas al calor de estos días iniciales de la nueva ley de servicios de comunicación audiovisual, pasaríamos a habitar las catacumbas, una vez más. Porque claro, nosotros no cruzamos la calle, porque somos adoquines de esa calle, severos de convicciones y resignados a ser lo mejor de la historia o no ser nada.

Que eso no pase, es mi deseo. Pero mi deseo cumplido no va a evitar que se frustre por enésima vez la democratización de la palabra pública. Si lo que debe ser una apertura se convierte en el negocito de un par de productoras a favor del atontamiento que muestra la política de comunicación, estamos fregados. Muy fregados.

Tato Contissa, el Martes, 12 de octubre de 2010 a la(s) 23:16 ·